domingo, 16 de septiembre de 2012

Relato de un can abandonado

Fue un regalo de cumpleaños, el niño llegó a casa tras la escuela y encontró al cachorro. Como todos los cachorros era nervioso y juguetón y enseguida se hizo un buen amigo del niño y de la familia en general. Parecía que todo el mundo lo quería, se sentía querido y devolvía su amor como hacen los perros. Lo educaron para que no hiciera sus necesidades dentro de casa, salía a pasear varias veces al día y tenía comida en abundancia, le compraron un bonito collar y una manta solo para él. Era feliz.
Pero la felicidad no es eterna y mucho menos cuando dependes de una familia humana. Fue creciendo y se hizo más grande y fuerte, seguía queriendo a su familia, aunque estos parecían cada vez más molestos criticaban su tamaño y ya no les hacía gracia cuando saltaba sobre ellos, el niño dejó de jugar con él, le habían regalado algo mejor, una maquinita que emitía sonidos y luces en movimiento. Era pequeña y se la llevaba a todas partes embobado con su magia y frustrado por la falta de atención el perro solía saltar y acercarse a su querido dueño, clamando por su atención. Comenzaron a olvidar sacarlo de paseo e incluso había veces en las que el cuenco se encontraba vacío, las riñas se hicieron más frecuentes. Era un día muy soleado, la familia llevaba tiempo planeando unas vacaciones a lo grande: todo un mes fuera del país. El perro creyó que una vez más se quedaría a pasar esos días en los que ellos se iban con unos amigos de la familia por eso montó con toda la confianza en el coche e incluso sacó la cabeza por la ventanilla, dejando que el aire le diera de pleno en la cara estaba disfrutando y totalmente despreocupado. No se dio cuenta de que no tomaban el camino usual, sino que se desviaron hacia un terreno basto y semi montañoso, con una carretera principal que lo atravesaba y dividía en dos, con diversos caminos que llevaban a algún puñado de campos. El coche se paró en medio de uno de esos caminos, se abrió la puerta y el perro bajó, comenzó a olisquear y tratar de identificar todos esos olores nuevos. Oyó como la puerta se cerraba y el coche daba la vuelta. Quedó esperando a un lado a que pararan y volvieran a invitarlo a entrar, esperó en vano pues el coche volvió por donde había venido. Pensó que era un juego y corrió tras el coche, persiguiendo a sus amos con alegres ladridos pero el coche siguió avanzando. Tal vez se hayan olvidado de él, tal vez piensen que está dentro del coche, dormido y no puedan oír sus ladridos, ahora desesperados. El coche se pierde en la carretera principal. El perro frena y se queda plantado como un tonto en medio, están a punto de atropellarlo, pero el conductor lo esquiva y el animal llega sano y salvo a la orilla de la carretera. Toma el camino por el que ha venido y se sienta a esperar con la esperanza de que vuelvan a por él al darse cuenta de su error. Pasan las horas y algún que otro coche, se va en busca de una sombra cercana en la que resguardarse del sol del medio día pero no encuentra ninguna, así que se queda en el sitio hasta que llega la noche. No ha comido ni bebido nada, está cansado y a punto de perder toda esperanza. A la mañana siguiente no sabe que hacer, sigue su instinto que lo lleva a encontrar un lugar donde beber y obtener comida, le va bien, en un campo ligeramente apartado del camino una mujer mayor está colocando un cuenco con agua junto a otro con pienso reseco. No lo piensa y se tira a por la bebida, la señora se sobresalta, pero en cuanto ve como está de desesperado se relaja un poco y entra a la casa por más agua fresca. El animalito come y bebe cuanto le cabe en su barriga y pasa el resto del día tirado a la sombra de un árbol cercano hasta que otro perro aparece. Es un animal destrozado, tiene el pelo sucio y la mirada enloquecida. Sin darle tiempo a reaccionar se lanza sobre él, mordiendo y arañando allá donde puede, defendiendo su territorio, la única fuente de alimento que lo mantiene desde que los humanos lo abandonaron a su suerte el pobre animal más joven e inexperto, sobre todo en lo que a mantenerse a uno mismo se refiere, huye lejos corre atravesando bancales hasta estar sin aliento nuevamente. Ha dejado atrás al perro agresor, pero ha obtenido a cambio unas buenas heridas, le duele la pata delantera izquierda, se acaba de dar cuenta de que apenas puede apoyarla y encima vuelve a sentir la sed abrasadora. Se tumba a la sombra nuevamente, esta vez para lamerse las heridas.
Han pasado días, el animal está exhausto, ha ido aprendiendo donde conseguir comida y agua y se han sanado las heridas, pero se han abierto otras. Ya no confía en nadie, ni siquiera en otros perros, aunque el instinto le dice que tiene que encontrar una manada pronto pues no podrá sobrevivir solo, ya se atacaron la que controla los contenedores de basura más cercanos y cree que si logra vencer a uno de ellos, tal vez al más pequeño pueda quedarse en la manada de cuatro que han formado. Al final lo consigue, mata al pequeño perro mestizo sin remordimiento alguno, aunque en un principio solo pensaba tumbarlo se dejó llevar por el sabor de la sangre y la carne frescas, era su vida o la del pequeño. La manada se comió a su antiguo compañero y así finalizaron la campaña del día. Tenían un cubil muy acogedor, habían arrastrado hasta allí basura, prendas viejas y algún que otro desperdicio creando una acogedora ‘madriguera canina’. Los escasos días de lluvia son buenos no solo limpian el ambiente sino que además les proporcionan agua de la que beber. También se aprovechan de las fiestas que hacen los humanos en los campos, las sobras de estas acaban en los contenedores que ellos controlan, por lo que son su manjar de vez en cuando. Lo dejan todo destrozado, las bolsas de basura quedan abiertas con todo esparcido y en ocasiones hasta consiguen volcar algún contenedor. Los vecinos se quejan. Llaman a la perrera. La manada se divide, corren en direcciones opuestas, algunos consiguen evitar a los humanos, otros no. Pasan unos días ¿quién sabe cuántos van ya en esta pesadilla? El can se encuentra con uno de su manada, el que solía llevar las riendas. Vuelve a cogerlas. Deambulan sin rumbo un tiempo, ambos están hambrientos y a punto de desfallecer, irascibles. De algún modo vuelven a la carretera principal. El ruido los aturde al principio, así como el olor que exhalan los vehículos, pero algo los distrae completamente. En la otra orilla hay comida, un gato atropellado yace aplastado y con las tripas por el asfalto, solo hay que cruzar y llevárselo a un sitio más aparado donde poder devorarlo. El hambre se impone y ambos salen corriendo a por el premio hallado, está llegando a la meta cuando es atropellado por un coche al que no le da tiempo a esquivarlo y queda agonizando en la calzada. Si es listo, el perro Alfa esperará a que haya menos tráfico y comerá doble hoy.
Ánge.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Puedes dar tu opinión pero no de forma ofensiva.