El viento agitaba sus cabellos al mismo ritmo que mecía las olas del mar de media tarde pero ella no lo notaba, miraba el horizonte con la desesperación pintada en la cara. Hacía mucho que su marinero debía haber vuelto, ya no sabía cuanto. Tal vez había pasado horas o días desde la tormenta. Los trozos de los barcos seguían llegando a la orilla mástiles y lonas, maderas tan destrozadas que nadie sabía decir a qué parte del barco podrían haber pertenecido, cajas y prendas además de otros utensilios asolaban la orilla constantemente. Entre toda la basura iban apareciendo cadáveres de pescadore, pero su marinero, su dulce y amable marinero, seguía sin volver a casa.
Ánge
Cierra los ojos y sueña despierta. Sueña el ayer que quisiste y el mañana que quieres. Sueña el momento con los pies en el suelo. Sueña con hadas y jardines encantados, con apuestos príncipes en castillos encontrados. Sueña princesas hallando tesoros y piratas enjollados. Sueña un camino que te lleve a un paisaje olvidado y traiga ladrones amanerados. Sueña nubes con forma de dragones y dragones que duermen en nubes sin miedo a ser asesinados. El arcoires transforma en puente y la lluvia en lágrimas hechizadas. Sueña la ciudad salvar y un mundo conquistar. Sueña hablar con el destino y saber que siempre seguirás vivo. Sueña que todo se puede hacer realidad.
Pero ten claro que es un sueño, que al abrir los ojos el mundo seguirá igual, con hambre, con guerra, con injusticias sin igual. Tienes razón. Es mejor cerrar los ojos y soñar.
Ánge.
Fue un regalo de cumpleaños, el niño llegó a casa tras la escuela y encontró al cachorro. Como todos los cachorros era nervioso y juguetón y enseguida se hizo un buen amigo del niño y de la familia en general. Parecía que todo el mundo lo quería, se sentía querido y devolvía su amor como hacen los perros. Lo educaron para que no hiciera sus necesidades dentro de casa, salía a pasear varias veces al día y tenía comida en abundancia, le compraron un bonito collar y una manta solo para él. Era feliz.